Demanda mundial
La transición energética se ralentiza y se contrapone al récord histórico en la demanda de carbón
La transición energética global no avanza por sustitución rápida, sino por adición. Mientras los discursos de las cumbres climáticas ya empezaron a realentizar el fin de la era de los combustibles fósiles, los despachos de carga exponen una realidad incómoda: el consumo mundial de carbón. El más contaminante de los componentes de la matriz, alcanzó un nuevo récord histórico de 8.845 millones de toneladas anuales, superando la marca histórica previa de 8.805 millones de toneladas.
Esta meseta en la cumbre del consumo demuestra que las energías renovables, a pesar de su despliegue récord en el mundo, todavía no logran apagar las centrales térmicas y solo absorben el crecimiento de una demanda eléctrica global que se muestra voraz. Según el último informe global de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la demanda física de carbón anotó un incremento de 40 millones de toneladas interanuales.
Si bien el ritmo de expansión se desaceleró respecto del salto del 1,5% registrado en el período previo, el volumen absoluto consolidó un piso histórico imprevisto para las proyecciones occidentales de descarbonización.
Este comportamiento del carbón opera como un espejo de lo que ocurre en el mercado de los hidrocarburos, donde las proyecciones sobre el peak oil no paran de postergarse. Mientras que a comienzos de la década los organismos ambientales más optimistas preveían que el techo del consumo petrolero se alcanzaría antes de 2030, la solidez de la demanda en el transporte pesado, la aviación y la industria petroquímica global obligó a las principales consultoras energéticas a recalcular sus modelos.
Para dimensionar el verdadero peso del mineral es clave separar la generación eléctrica del consumo de energía primaria, que incluye el transporte pesado, las redes de calefacción urbana y los grandes procesos industriales. El último Statistical Review of World Energy -el documento de referencia global del Energy Institute y las consultoras KPMG y Kearney- revela que el carbón abastece el 27,9% de toda la demanda energética del planeta (165 exajoules de un total de 592).
En la vereda opuesta, el conjunto de las energías renovables modernas (solar y eólica) aportó apenas el 5,6% de la torta primaria global. Si se incluye a la energía hidroeléctrica tradicional, el bloque verde consolidó un 8,3% del total. La estadística del Energy Institute refleja la brecha y explicita que en el consumo energético general, el carbón sigue duplicando la participación de todas las fuentes limpias juntas.
El único frente donde el proceso muestra un cambio de tendencia real es en las redes eléctricas. Datos consolidados por el centro de estudios globales Ember indican que las renovables alcanzaron un hito histórico al representar el 33,8% del mix de generación eléctrica mundial, desplazando por estrecho margen al carbón, que retiene el 33% (equivalente a unos 10.700 Teravatios-hora).
No obstante, este avance convive con un límite técnico severo. Debido a la intermitencia intrínseca de la tecnología solar y eólica, los sistemas eléctricos mundiales se ven obligados a mantener operativas las centrales térmicas a carbón como potencia de base y respaldo. Ante la falta de sistemas de almacenamiento en baterías a escala de gigavatios capaces de cubrir baches de generación durante días enteros, retirar las plantas de carbón implicaría aceptar el riesgo latente de apagones masivos ante picos de consumo.
El sostenimiento del mercado del carbón responde a una marcada asimetría geopolítica. La región de Asia-Pacífico concentra el 83,4% del consumo mundial, con China e India como los motores absolutos de la demanda. De hecho, el aparato industrial chino consume el 56% del carbón global, una cifra que supera a la de todo el resto del planeta combinado.
Pero hay razones económicas y técnicas en la subsistencia del carbón que responden a tres pilares: accesibilidad, competitividad de costos e inercia de infraestructura. En primer lugar, a diferencia del gas natural o el petróleo -cuyas cadenas de suministro están expuestas a estrangulamientos geopolíticos y alta volatilidad-, las reservas de carbón son muy amplias, están geográficamente atomizadas y presentan una extracción técnicamente simple. Para los gigantes asiáticos, el mineral representa seguridad energética pura y un recurso propio inmune a los vaivenes internacionales.
En segundo término, el factor del costo por unidad de energía térmica sigue consagrando al carbón como la opción más económica para sostener industrias de base. Para las economías emergentes, la disyuntiva entre costosas obras de infraestructura para fuentes limpias intermitentes o el uso del carbón barato se traduce en la velocidad para sacar a millones de personas de la pobreza energética.
El tercer elemento, y quizás el más complejo de desactivar es el peso de la infraestructura existente y el capital hundido. Una central térmica moderna a carbón posee un ciclo de vida operativo que oscila entre los 30 y 40 años antes de su obsolescencia técnica. Mientras que el parque de generación en Europa y los Estados Unidos supera los 45 años de antigüedad y se encuentra en etapa de retiro natural, la edad promedio de las plantas de carbón en Asia es de apenas 13 a 15 años.
Desmantelar de forma anticipada esta red de plantas construidas durante el último boom industrial implicaría la destrucción de miles de millones de dólares en activos que aún no han amortizado su inversión inicial, un costo financiero y social que los bancos locales y las empresas estatales de energía de los países en desarrollo no están dispuestos a asumir.
Pasí, para las economías emergentes, el mineral no es únicamente una fuente de electricidad barata. Representa el insumo crítico e insustituible para la siderurgia y la producción de cemento. La fabricación global de acero y arrabio demanda carbón metalúrgico de alta calidad para alcanzar las temperaturas de fundición requeridas en los altos hornos, un proceso donde la electrificación verde carece todavía de viabilidad técnica y comercial a gran escala.
En China, referencoa obligada para seguir toda tendencia que tenga impacto global, la producción de acero y cemento demanda volúmenes estables que compensan las caídas de consumo en otros sectores, mientras que en India la producción siderúrgica creció a un ritmo superior al 6% anual, indexando directamente el uso del mineral.
Incluso en los mercados avanzados, donde las políticas de desmantelamiento están activas, el retiro de las centrales térmicas experimentó una fuerte desaceleración. En los Estados Unidos, tras caídas consecutivas en los años previos, la demanda sectorial interrumpió su declive debido a la volatilidad de los precios internacionales del gas natural y a veranos con temperaturas récord que obligaron a reactivar el parque térmico de reserva para garantizar la estabilidad de la red doméstica.
Los datos duros del sistema siguen desmitificando las proyecciones de una transición acelerada. La infraestructura energética global ingresó en una fase de convivencia tecnológica obligada. El carbón demostró una resiliencia comercial y operativa que posterga los plazos previstos por los organismos multilaterales, confirmando que la reconversión limpia total del planeta demandará décadas de convivencia antes de consolidar el retiro definitivo del combustible de la revolución industrial.